domingo, 28 de marzo de 2010
REVOLUCIÓN
Por conveniencia y comodidad decidí utilizar el transporte público, principalmente metro y metrobús, para dirigirme de mi casa a mi centro de trabajo y, viceversa. He tenido oportunidad de viajar con personas de diferentes perfiles y variadas profesiones: médicos, abogados, amas de casa, niños, jóvenes, viejos, etc. He escuchado infinidad de conversaciones y conocido de muchos problemas y alegrías, motivos para festejar y para entristecerse. También he tenido oportunidad de ver un desfile interminable de vendedores ambulantes que ofertan toda clase de productos útiles e inútiles. (Confieso que he comprado algunos más de una ocasión). Antes era un vendedor por estación, el cual en el tiempo que duraba el recorrido de una parada a otra recorría todo el vagón y lo abandonaba al llegar al lugar del destino. Ahora son dos, los cuales se distribuyen el mismo espacio y tiempo. Asimismo, existe un desfile de limosneros, desde los niños que dan estampitas, los que tienen padres o hijos gravemente enfermos, los chicos de la calle que caminan sobre cristales (prefieren eso a robar), los que acaban de salir de la cárcel y no encuentran empleo y un innumerable etcétera, hasta llegar a los campesinos de la Sierra de Puebla. Al ver a todos estos personajes que luchan día a día por ganar un sustento me preguntó: ¿En verdad están a gusto con su status quo? ¿No constituyen la materia precisa para generar una revolución? ¿Están conscientes de su realidad o necesitan que alguien les habrá los ojos? Además debo aclarar que eso es sólo una muestra de lo que ocurre en esta gran ciudad junto a una innumerable cantidad de problemas en las que estamos todos inmersos y que a pesar de todo, nos empeñamos en mantener el status quo por una y mil razones que a nuestros ojos resultan completamente válidas. A pesar de ello ¿Podemos estimar que existió una revolución y qué debemos festejar con bombo y platillo su centenario?
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